(No) Una vez más
"Por una mirada, un mundo
Por una sonrisa, un cielo...
Pensé que me habías hecho otra vez lo mismo. Otra vez estaba yo en medio de tus mentiras. De esas que alguna vez taché de exceso de bondad y no de abuso. La situación era exactamente la misma. Y tu falta, la misma que alguna vez nos distanció, se repetía otra vez, con una precisión que más que inocencia olía ya a un acto ensayado, aprendido. Y pensé en primer lugar en hablar de cuán cabrón eras, que de ninguna manera era esto exceso de bondad o falta de madurez, era un patrón cuyos resultados conocías y que repetías sin reparo, era pues ser un cabrón. Pensé recalcarte que yo siempre podría mirarte a los ojos, tú quizá no, a menos que fueses doblemente cabrón. Y pensé finalmente, que no eras ningún niño, que sabías lo que hacías, y que si continuabas haciéndolo, si volvías a repetirlo, era porque simplemente no te importaba, ¿qué caso tenía entonces que te lo recalcara? ¿Cambiaría algo, conseguiría algo? No. ¿Qué podría aportarme decirte tus verdades? Nada. Eran ya conocidas por los dos. Nada. Mucho menos iba a tirarme al drama por haber sido objeto una vez más de un abuso de tu parte. No iba a tirarme al drama precisamente por esas tres palabras ‘una vez más’ porque entonces seríamos quizá un tanto iguales. Como los sadomasoquistas. No iba tampoco a hacer un recuento, un análisis punto a punto de por qué habían sucedido las cosas, de qué habías dicho tú, qué había dicho yo, qué habíamos permitido, de cómo se tejió otra vez la misma telaraña. Todo me sonaba tan repetitivo, tan gastado, ‘igual, el mismo, la misma, otra vez, se repetía, volvías a hacerlo, una vez más…’ hacer un análisis sobre todo eso, era ya algo también hecho, igualmente gastado, igualmente probado y, me estaba quedando claro, reprobado. Efectivamente, el reproche que probablemente hacia mi pudiera existir es que di una segunda oportunidad a una situación que no parecía ser en nada distinta a algo que ya había fallado. Y, si como en aquella ocasión, decidía colgarme el título del pobrecito del cuento, hacer de tripas corazón y huir apretando bien fuerte el estómago, no llegaría (¡una vez más!) a ningún lado. No huiría, no empacaría y saldría corriendo, sin decir adiós, sin voltear. No iba, nuevamente, a dejar que el distanciamiento me hiciera olvidar el coraje o el sentimiento. Que el tiempo curara las heridas y borrara la memoria. Eso, borrara la memoria, no iba a poner silencios y distancias de por medio, porque entonces olvidaría lo sucedido y estaría de nuevo a expensas de. No tenía ningún caso entonces, correr, ni huir, no era plausible entonces hacer de tripas corazón. Mucho menos iba a perdonarte. No jugaría el papel de mártir del amor, que por otra parte comenzaba a asustarme dominarlo, y en aras de mis buenos sentimientos ponerte mi mejor sonrisa y decir que ni modo. No iba, de corazón, a consentirte nada, porque yo no soy malo, porque yo si te quiero, porque yo si sé poner la otra mejilla y soy un ejemplo de madurez y humildad. No, no iba a hacer nada de eso, porque era una trampa, mi propia trampa. La misma en la que ya había caído, porque efectivamente el cariño (y tu capacidad de abusar de él) era muy grande y podía jugarme en cualquier momento la misma treta. Me quedaba un recurso más, cuestionar. Inculparme, castigarme. Recriminarme haber caído una vez más en la misma trampa porque quizá ese cariño tan grande que decía sentir no era otra cosa sino vacío o necesidad. No obstante, qué caso podría tener sentarme en el banquillo de los acusados y condenarme una vez más por lo mismo. Qué caso podría tener apuntarme con el dedo y contar cada una de mis miserias hasta hacerme sentir que tenía la culpa de todo, hasta comprar completamente la historia, y pasar de ser tu víctima, a nuestra víctima, a mi víctima. ¿A dónde me llevaría cargar yo con toda la culpa? ¿Se llega más rápido a algún sitio llevando a cuestas cosas que no son tuyas? ¿Es una suerte de sacrificio, te asegura llegar al paraíso más pronto o tener una master suite cuando estés allá? No, tampoco tenía entonces ningún caso volver a enjuiciarme e imponerme, otra vez una pena. Cuando las cosas se repiten, ¿tiene caso volver a analizarlas? ¿Revivir los mismos fantasmas, las mismas culpas, señalar a los mismos verdugos? Nada, nada de eso iba a suceder. Está vez no te reclamaría, ni te haría sentir mal, ¿para qué? Tampoco me reclamaría, ni me haría sentir mal, porque no he encontrado razón suficiente. Esta vez no hablaría contra ninguno de los dos. Me senté, y dejando todo fluir me fui escuchando, y cuando sentía que el dialogo interior se desviaba, cuando apuntaba hacia culpas y rencores, le preguntaba a mi mente ‘A ver, ¿de qué estás hablando, qué estás diciendo? ¿Te estás escuchando?’ Y como por arte de magia se callaba, unos segundos, quizá un minuto… Y volvía a tomar su curso el diálogo interior, a veces las palabras se atropellaban, otras sólo escuchaba un rumor. Y fui tomando de ese sonido que no siempre tenía palabras, todo lo que implicaba hacer. Hacer. Hacer más, seguir adelante, pero de verdad adelante, hacer con lo mejor que me ha podido pasar en la vida: existir, ser yo, así tal cual. No hacerlo una vez más con toda humildad, como ya antes he dicho, sino con todo orgullo. No tiene ningún caso sentarme a pensar y pensar y pensar una vez más, no tiene ningún caso sentirme víctima una vez más, porque no lo soy, ni tiene ningún caso perdonarte, porque efectivamente, para conmigo te has portado mal. Lo único, que no será igual está vez, lo único que lo hará distinto y por lo tanto borrará ese horrible ‘una vez más’ de la historia, es que me he escuchado, y tomado, dentro del cúmulo de ideas, las mejores y; mejor aún, que hoy mismo he empezado a hacerlas realidad.
...Por un beso... ¡Yo no sé qué te diera por un beso!" (Gustavo Adolfo Bécquer)
2 comentarios:
¿Se llega más rápido a algún sitio llevando a cuestas cosas que no son tuyas? No, definitivamente no!
A veces ni siqiera llegamos...
¿Se llega más rápido a algún sitio llevando a cuestas cosas que no son tuyas? No, no y no a veces ni llegamos...
Publicar un comentario