jueves, julio 15, 2010

Se acabó

Se acabó parar el tiempo a lo Peter Pan*

Aún no logro entender si es un miedo terrible a haberme convertido en lo que nunca había querido. Cuando tenía 20 años, hablar de los de 30 siempre iba cargado de adjetivos como rucos, hueva, mal, etc. Para esa edad yo debía estar felizmente casado, tendríamos un apartamento en la ciudad, nos levantaríamos felices todos los días para ir a trabajar, regresaríamos a casa para cenar juntos y los fines de semana quizá organizaríamos sendas tertulias y cenas de parejas. Totalmente fuera de la vida pública, de los spotlights. No sucedió. No me he convertido en eso. Y en cambio sigo con una vida no muy distinta a la que tenía hace 10 años, quizá la única diferencia sea que hoy la financio yo. Y si bien los tengo, en muchas ocasiones no me siento una persona de 30 años. Es más, muchas veces rodeado de personas de 30 no sólo me siento fuera de lugar, sino que hasta creo verme fuera de lugar. Muy probablemente no sea así, debo seguramente encajar perfectamente en la fotografía. Hoy no tengo más 20, porque ya los tuve, porque ya los viví a placer, porque afortunadamente no supe mal gastarlos y los he aprovechado hasta el último minuto. Hoy no puedo quedarme en los 20 porque sería muy mal agradecido con mi vida, porque sería como ponerle una tapadera, dejarla atada donde el camino a penas va comenzando a ponerse interesante. Definitivo, no quiero parar el tiempo más a lo Peter Pan, sería tremendamente aburrido, me hartaría, ¿a quién le gusta estancarse? Es hora de avanzar, transitaré la carretera de los 30, ni casado (hasta ahora), ni hecho un ruco, la transitaré como el adulto que ya soy, sin titubeos; pero con las mismas ganas que un niño, con la misma curiosidad, y sobre todo con la misma disposición y la misma inocencia para seguirme sorprendiendo de las cosas más pueriles.


Se acabó ser el primero en escapar*

No es la primera vez que lo digo, soy uno de los mejores actos de escapismo del mundo. Cuando las cosas comienzan a ponerse mal, soy el primero en abandonar la nave. ‘Yo no quiero complicaciones, clamo’. Cuando los sitios comienzan a tornarse aburridos, los cambio. Cuando las personas comienzan a no aportar más (sospecho que es más bien cuando no soy capaz de descubrirles más), me muevo. Cuando al espejo me parezco gordo, enflaco y cuando me parezco ya muy flaco engordo. Siempre he considerado que una de mis características más marcadas es mi incapacidad para quedarme quieto. Debiera quizá pensar hasta dónde soy una persona activa, y hasta dónde una persona tratando de escapar de algo. No es en lo más mínimo fácil. Por una parte es sentir estas terribles ganas de tener lo que yo llamo variedad, es un impulso a ver cosas, a conocer, a disfrutar de las más variadas y diversas situaciones y personas. Y por otra, es está sensación de que no sé quedarme quieto, y más terrible aún, que no sé quedarme quieto porque no he encontrado la forma de disfrutar de mí sin distractores. Efectivamente, lo más terrible del acto de escapismo no es estar considerando la 5° ó 6° mudanza en los últimos años, sino no estar teniendo la capacidad de reconocer si simplemente tengo espíritu de gitano o aversión a encontrarme un día solo, por quinceavo día consecutivo, enfrentándome a mi mismo. Muy probablemente sea una persona inquieta, es consecuencia del déficit de atención con el que fui etiquetado desde niño. Y muy probablemente haya todavía mucho que trabajar para disfrutarme un poco más, no cuando estoy en la calle, no cuando disfruto de una cena, una comida o un buen baile; no cuando estoy de viaje, ni sobre la carretera solo o acompañado, no cuando comparto la cama, ni cuando bailo toda la noche, ahí me disfruto hasta terminar flotando; no obstante, todas esas son mis vías de escape. Se acabó ser el primero en escapar y no quiere decir que vaya a dejar todos esos distractores que tanto disfruto, quiere simplemente decir que asignaré también espacios para quedarme completamente solo, noches en las que no saldré sino conmigo mismo al hall y espero encontrar la forma de flotar con la misma luz y alegría como lo hago conduciendo en una carretera o compartiendo una copa de vino con las personas que quiero.

Se acabó parecer más fuerte para luego tropezar*


Tengo el control. Medito, trato de conocerme. No grito, conservo la calma. Si algo no sale, me vale. Si algo se torna tenso, rompo la tensión con el más estúpido de los comentarios. Si siento que voy a deprimirme, me distraigo. Si siento que voy a llorar, llamo a alguien no para desahogarme, para evadir. Si tratas de pisarme, no sólo me quito, sino que te muerdo. Si consigues pisarme, me levanto, me río y te escupo en la cara si eso ha sido lo mejor que has podido hacer, porque sigo vivo, y seguiré sin problemas. Si te dejo, no es que sea cruel, pero no sé ser sutil, los motivos te los daré desnudos, deberás tener la misma fuerza que yo para lidiar con ellos, para asimilarlos y continuar. Si me dejas, no es que no vaya a hacer berrinche, pero lo haré por mi, por haber cedido, por haber creído, por haber sido débil; luego, diré que he aprendido mucho, que me llevo varias lecciones, pondré mi mejor sonrisa y caminaré erguido. Porque nada mata, moldea, pero nada mata. Y, si me quedo solo… me despedazo. No es que no sea tan fuerte, es que juego a parecer ser fuerte. Y es una máscara no solamente que pesa, sino que duele mucho quitarla todas las noches frente al espejo. Y un buen día no basta, cuando te la quitas y te espantas, llamar a alguien para que te distraiga, o ligarte a alguien para que te haga sentir guapo, no basta nada y te encierras y te tiras horas a llorar. Porque eres débil y no puedes más. Porque eres tan débil que necesitas fingir una fortaleza endeble, ficticia, la de ‘yo lo puedo todo’. Cuesta mucho trabajo acercarse a alguien y decir ‘me siento mal’, ‘me está pasando esto’, más trabajo aún cuesta decir ‘ayúdame a’. Cuesta trabajo llorar, desahogarse. Por eso quien lo hace, quien tiene la capacidad de pedir ayuda, es realmente quien es fuerte. Antes no lloraba nunca frente a nadie, nunca. Pasé años sin hacerlo. Cuando no pude más, cuando me di cuenta que no era un símbolo de mi fortaleza, sino de mi debilidad, decidí dejarme de tonterías y hacerlo cuando me naciera del alma, donde estuviera. Aún me cuesta trabajo muchas veces, sobre todo en sitios públicos, pero ya lo he hecho más de una vez. Antes jamás me hubiera acercado a nadie para decirle ‘me siento mal o estoy un poco depre’, me carcomía algo por dentro, la sola idea de sentir que necesitaba hacerlo me robaba las palabras. Hoy, no con muchas, pero con algunas personas lo he hecho, más de una vez. Soy más fuerte, si, porque he avanzado un poco más en reconocer mi debilidad, y en desahogarla; pero soy aún tan débil, que no logro recordar una sola ocasión en que me haya acercado a alguien y decirle ‘ayúdame…’, y obvio no hablo de ayúdame a hacer una tarea, sino de un ayúdame a entenderme, ayúdame porque me siento mal o nervioso o con miedo, ayúdame a salir adelante hoy. Soy más fuerte que ayer porque tengo más capacidad de desahogar, pero soy aún tan débil que no tengo aún la humildad suficiente para pedir ayuda. Se acabó parecer más fuerte para luego tropezar porque no soy tonto, y sé que cada tropezón será más duro, y que un buen día quizá no me quede más remedio que pedir ayuda para levantarme, pero que ese día, en el que no quede más remedio, ya no habrá nadie. Se acabó parecer más fuerte, desde ahora mismo que escribiendo esto les estoy pidiendo que me ayuden a pedir ayuda.


Se han acabado mis delirios de inmortalidad*

Aún conservo la playera. La vi en un escaparate una mañana caminando sólo por el Centro Histórico del D.F., una playera azul marino lisa, manga larga, sin ningún otro adorno que una leyenda en letras de molde azul claro al frente que clama ‘Je suis immortal’. Esa noche me creí ese cuento, mientras bebía, coqueteaba y reía a carcajadas con todo mundo en la fiesta. Desde entonces muchas veces me he sentido con la capacidad de poderlo todo. La ciega capacidad de poderlo todo. Desvelarme por horas, beber como si se fuera a acabar el mundo, brincar como gimnasta rumano, y la peor de todas coger y coger y coger. Y digo la peor, no por moralista, sino porque para mí coger implicó mucho tiempo utilizar. Utilizar el sexo, como evasión, y utilizar a las personas para poder tener sexo. ¡Qué más daba! Yo lo podía todo, y era responsabilidad de cada quien caer o no en mi juego o en el de quien sea. Con mucho orgullo presumí más de una vez el historial sexual, espero poder presumir con el mismo orgullo el día que, inevitablemente, se termine. Con mucho orgullo presumí muchas veces ser el último en salir del local, el último en cansarse, es más, yo ni cansado estaba cuando todos no podían más, espero sentir el mismo orgullo ante la imagen que me devuelva el espejo el día que me canse de 20 años sin cansancio. Más aún, espero sentir el mismo orgullo que sentía cuando me embebía de poder creyendo que podía manejar a las personas, que podía influirles, o llevarles hasta donde yo quería, sin importar si se deban o no cuenta después, porque yo era inmortal, porque vendrían siempre más, tenía tiempo, tenía toda una inagotable vida por delante, espero tener ese mismo orgullo para reconocer que yo sólo me utilicé, que jugué conmigo mismo. Que fui tantas veces mi verdugo y mi víctima. Se han acabado mis delirios de inmortalidad, porque si bien el tiempo es infinito, nuestra estancia acá es por sólo unos instantes. Se han acabado mis delirios de inmortalidad no solamente porque todos nacemos y morimos; sino porque no tengo todo el tiempo por delante como para perderlo utilizando y utilizándome. Se han terminado porque es un desperdicio comprar una planta cada vez que una se seca, es conformarse con verle tres hojas, cuando se puede regar y cuidar para verla gigante y verde dándonos sombra un día, y poder sonreír cuando ya no esté por haber tenido el privilegio de disfrutarla. Hablo de cuidar a quienes me rodean y de cuidarme a mi mismo. Porque cuando las cosas son para siempre pierden todo su valor, qué caso tiene cuidar algo que nunca va a terminarse. Hoy, en este momento, tengo muchas cosas, cosas que quiero y personas que quiero; y al seguir escribiendo, ese momento, el de hace un par de líneas se ha terminado, y con él, con ese minúsculo momento he ganado mi mortalidad, mi vivir en el aquí y ahora, respetándome y respetando, y he perdido, en tan sólo una fracción de segundos la inmortalidad, ¡tan poca cosa era! Me queda únicamente una camisa con una leyenda, ¿quién la quiere? Se hacen envíos a todo el mundo, aprovechen, es una pieza de colección, perteneció a alguien que alguna vez creyó que nada nunca se le iba a terminar.


Se han acabado las frases hechas*


Soy un drama queen. Soy Leo en La flor de mi Secreto de Almodóvar. Soy Basil en el Retrato de Dorian Gray, o el protagonista de muchas de las historias de El libro de los Amores Ridículos de Milán Kundera. Soy una novela de Mishima, o una canción de Fangoria y hasta de Paulina Rubio. Soy un sin fin de etiquetas e imágenes que me he creado. De máscaras, de personajes, de roles en distintas obras de teatro. Ocupo, como en este y muchos otros textos, las palabras de cientos de canciones que memorizo para sentir algo, para inspirar, para detonar. No tiene nada de malo, pero es tiempo de ir creando mi propia historia, con ‘influencias de’, pero mía. Se han acabado las frases hechas para justificar cada uno de mis berrinches, cada uno de mis estados de ánimo, para definir cada una de mis decepciones o mis triunfos. ‘Gracias pero no’, ‘Las Histéricas somos lo máximo’, ‘Eternamente Inocente’, ‘No me amenaces’, “Reina de corazones”, “El recuento de los daños”, “Fitter, healthier, happier”, “No surprises”, “Vogue”. Siempre habrán frases que me muevan, que me provoquen o cuestionen, que detonen un sin fin de pensamientos. Un sin fin de pensamientos que llevarán a mis propias frases, a mis propias conclusiones. Dejar las frases hechas es ante todo un ejercicio de honestidad, de hacer a un lado etiquetas, las que me pongo y las que coloco. De abrir puertas y ventanas, ojos y mente. Es ante todo una posibilidad, la de convertirme en un verdadero artista y hacer, sin miedo, lo que de las entrañas me salga. Es ante todo la posibilidad de no rechazarte ‘por no ser como…’, y disfrutar lo que del corazón te salga. Se han acabado las frases hechas porque son vulgares, porque son ordinarias, porque no diferencian a nadie de nada. Se han acabado las frases hechas porque siempre será mucho más hermoso decirme/decirte, tan sólo con los ojos cuajados de brillo que no encuentro cómo ponerle a todo lo que por ti siento, sin palabras; que un ‘te amo como a nadie en el mundo’, con las mismas palabras de todos.


Se acabó soñar en todo para nunca despertar*


La realidad es el aquí y el ahora. Es donde decidimos qué se queda como un sueño y qué podemos cuajar en algo tangible. La realidad es aquí, donde quiero vivir como el más pleno de los adultos, con lo mejor del niño que lleva por dentro, y con la prudencia del adulto que ya es. La realidad es aquí donde los únicos escapes válidos son hacia el interior, para conocerme, para quererme más y apreciar mi compañía, y hacia aquellos lugares que planee, que me nazca no por necesidad sino por gusto. La realidad es esta, donde necesitaré muchas veces que me ayuden a vivirla, a compartirla y a despertar cuando en el terreno de los sueños me esté quedando. La realidad es esta instantánea que en unos segundos se habrá ido, que hay que vivir y no mal vivir, que hay que aprovechar, más no aprovecharse porque un día se irá y sería una pena no haberle disfrutado. La realidad es esta, la pizarra en blanco, sobre la que se puede pintar lo que sea, se acabó soñar en todo para nunca despertar, porque nunca despertar es quedarse en las frases hechas, en las fantasías y las etiquetas que hemos creado en bocinas y pantallas. Se acabó soñar en todo para nunca despertar, porque no despertar es como estar estático, muerto. Porque abrir los ojos es el mejor de nuestros sueños hecho realidad.

___________________

* La Casa Azul

1 comentarios:

FAUSTO dijo...

Mishimia, Fangoria, Almódovar, Kundera y Paulina... creo que citaste elementos de muchas de mis noches de sábado...

sabes, te creo, creo que estás rompiendo para bien... aunque romper suena agresivo, creo que estás mutando para bien...

abrazo

Ni de jotas, ni de alternativas tiene esto. Ni de ficciones, ni de realidades. Ni de razones, ni de sentimientos. Tan sólo una lucha de contrarios que como todo Más + Menos da nada como resultado.