SUD
“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón” (Roberto Cantoral)
Tras 5 horas de viaje desde Miami, el avión aterrizó. No había gusano, los pasajeros hubieron de descender por
una escalera a una pista bastante cuarteada que parecía sacada de un filme de los setentas. Al fondo, el edificio terminal les recibía sin un ‘bienvenidos’. Cayenne-Rochambau Airport era lo único que se leía. Eran las 10 de la mañana, la luz era enceguecedora y del verdor que rodeaba la solitaria pista se dejaba escuchar un rechinar de insectos ensordecedor.
Lo primero que sintió al bajar del avión fue el golpe del calor. Sintió, inmediato cómo se pegaba la ropa a su cuerpo, y ni bien había terminado de bajar las escaleras, gruesas gotas de sudor comenzaban a escurrir por su frente. La humedad era insoportable. Llevaba una camisa polo color rojo que para cuando alcanzó el edificio terminal se había ya mojado ligeramente en su espalda y por debajo de sus pechos. Llevaba además un pantalón verde olivo, que pese a ser de lino, no impidió que sintiera lo terrible del calor también en la entrepierna. El edificio terminal, si bien viejo, se encontraba climatizado, fue un alivio entrar en él. Se había sentido inquieto todo el vuelo y había dormido poco. Una vez pasó los controles de migración y se encontró en un taxi camino a algún hotel, se sintió profundamente tranquilo. De nuevo sintió un alivio, el segundo no solamente de esa mañana, sino de los últimos meses. Mientras el taxi enfilaba sobre la avenida De Gaulle, fue relajándose cada vez más. Poco fue lo que pudo apreciar de la ciudad, en parte por ese alivio que iba dando paso al cansancio, en parte por venir todavía un tanto absorto, y en gran parte también porque Cayenne parecía no tener mucho qué ofrecer. Volvió un poco en sí, al sentir nuevamente el golpe de ese calor sofocante mientras descendía del taxi, pero una vez dentro del hotel, el aire climatizado volvió a arrullarle. Se registró, prestando a penas un poco de atención. Subió al cuarto, y mientras se miraba al espejo vino esa vieja canción a su mente. “Dicen que la distancia es el olvido…” rompió a llorar sobre la cama hasta quedarse profundamente dormido.
"Supiste esclarecer mis pensamientos. Me diste la verdad que yo soñe. Ahuyentaste de mi los sufrimientos. En la primera noche que te ame." (Roberto Cantoral)
Despertó siendo ya todo a su alrededor oscuridad. Se cambió de ropa y salió a la calle. Le era sumamente complicado comprender el acento local. Parecía como si le hablasen en otro idioma. De alguna forma se hizo entender en un local donde se sentó a tomar un Dry, una tímida bandera de arco iris pendía afuera de un palo enterrado en la arena. De alguna forma se hizo entender también con un chico negro, de quizá unos 20 ó 22 años, Henri. Ciertamente su acento era mucho más puro, mucho más francés que el del resto. ¿Qué hace un mexicano en la Guyana Francesa? –Le preguntó entre coqueto y extrañado al cabo de un rato de conversación-. Nada, se limitó a contestar. Hacia dónde más, qué podía estar más aislado, qué podía ser más seguro, más inalcanzable, de todos los destinos ese día en el aeropuerto de Miami, Cayenne era el más conveniente, pensó en silencio. No quiso llevar a Henri al hotel, le pidió en cambio que fueran a su casa. Pasaron directamente a la alcoba, donde tras besarse apasionadamente, se encontraron pronto desnudos sobre un colchón delgado y un poco sucio, sobre el piso de madera. J’suis chanceux de retrouver quelqu’un comme toi – musitó Henri a su oído-. Je pourrais rester avec toi toute ma vie. Moi ,j’ai l’impression de t’aimer depuis si longtemps –continuó-. Él sintió en ese momento una punzada en el corazón, como si algo muy doloroso le despertara, algo que le sacaba del estupor en que había estado todo el tiempo. Tomó el rostro de Henri entre sus manos y le miró. Le miró con la más profunda de las lástimas. Tu pourrais m’aimer? –le preguntó- Oui, alcanzó a musitar Henri, antes de que le hiciera guardar silencio con un beso quedo y lento, con un beso ansioso de piedad. Lo colocó de lado, dándole la espalda, e hizo como si fuera a penetrarle. Henri gimió. Estiró entonces su mano, hacia la orilla, donde estaba su saco y buscó algo. Como quien busca un condón entre los bolsillos de la solapa. La hoja metálica a penas brillo en medio de la noche y Henri a penas emitió un quejido mientras se ahogaba en su propia sangre brotando a chorros de su cuello. Él ya no le veía, muc
ho menos le escuchaba. Lo único que había era esa canción otra vez resonando en su cabeza. “Supiste esclarecer mis pensamientos. Me diste la verdad que yo soñé…” Salió de prisa, caminó a prisa, llorando todo el tiempo hasta llegar al hotel, mojada la camisa de sudor. Descansó como un bebé.
"Hoy mi playa se viste de amargura. Porque tu barca tiene que partir. A cruzar otros mares de locura. Cuida que no naufrague en tu vivir." (Roberto Cantoral)
él quien se le aproximara. Charles le encontró lívido en cuanto estuvo a su lado. Qu’est-ce qu’il y a? preguntó. Rien, j’ai eu peur, c’est dangereux la mer aujourd’hui, contestó. Charles le sonrió y le abrazó. Él estaba todavía más sorprendido con su respuesta. ¿Sentía algo por Charles? No, no podía ser, imposible, no puede ser –se repitió en silencio-. Cuando esto sucedía, cada vez más a menudo, un escalofrío le recorría, y el mal humor se apoderaba de él. Sentía súbitamente unas ganas terribles de salir corriendo y darse contra el primer espejo, o arrojarse contra el primer acantilado. Esteban no existía más. Era estúpido pensar en algo que no era. Era insano. Era inmaduro. No era digno de él. Qué hacía tan lejos entonces, para qué lo había dejado todo. Y entonces volteaba y le veía ahi, sonriéndole, a Esteban. Y se quedaba mudo. Su voz entonces, le devolvía al mundo. T'es ici? Charles au Mexique... Si, aquí estoy Charles, contestaba un poco turbado. Trataba de componerse y de rato estaba pidiendo tragos y sonriéndole. Sintiéndose feliz. Sintiéndose asustado.
1 comentarios:
wow!!! tú cada vez mejor... me encanta tu escritura...
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