martes, agosto 02, 2011




SUD



“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón” (Roberto Cantoral)


Tras 5 horas de viaje desde Miami, el avión aterrizó. No había gusano, los pasajeros hubieron de descender por una escalera a una pista bastante cuarteada que parecía sacada de un filme de los setentas. Al fondo, el edificio terminal les recibía sin un ‘bienvenidos’. Cayenne-Rochambau Airport era lo único que se leía. Eran las 10 de la mañana, la luz era enceguecedora y del verdor que rodeaba la solitaria pista se dejaba escuchar un rechinar de insectos ensordecedor.


Lo primero que sintió al bajar del avión fue el golpe del calor. Sintió, inmediato cómo se pegaba la ropa a su cuerpo, y ni bien había terminado de bajar las escaleras, gruesas gotas de sudor comenzaban a escurrir por su frente. La humedad era insoportable. Llevaba una camisa polo color rojo que para cuando alcanzó el edificio terminal se había ya mojado ligeramente en su espalda y por debajo de sus pechos. Llevaba además un pantalón verde olivo, que pese a ser de lino, no impidió que sintiera lo terrible del calor también en la entrepierna. El edificio terminal, si bien viejo, se encontraba climatizado, fue un alivio entrar en él. Se había sentido inquieto todo el vuelo y había dormido poco. Una vez pasó los controles de migración y se encontró en un taxi camino a algún hotel, se sintió profundamente tranquilo. De nuevo sintió un alivio, el segundo no solamente de esa mañana, sino de los últimos meses. Mientras el taxi enfilaba sobre la avenida De Gaulle, fue relajándose cada vez más. Poco fue lo que pudo apreciar de la ciudad, en parte por ese alivio que iba dando paso al cansancio, en parte por venir todavía un tanto absorto, y en gran parte también porque Cayenne parecía no tener mucho qué ofrecer. Volvió un poco en sí, al sentir nuevamente el golpe de ese calor sofocante mientras descendía del taxi, pero una vez dentro del hotel, el aire climatizado volvió a arrullarle. Se registró, prestando a penas un poco de atención. Subió al cuarto, y mientras se miraba al espejo vino esa vieja canción a su mente. “Dicen que la distancia es el olvido…” rompió a llorar sobre la cama hasta quedarse profundamente dormido.


"Supiste esclarecer mis pensamientos. Me diste la verdad que yo soñe. Ahuyentaste de mi los sufrimientos. En la primera noche que te ame." (Roberto Cantoral)


Despertó siendo ya todo a su alrededor oscuridad. Se cambió de ropa y salió a la calle. Le era sumamente complicado comprender el acento local. Parecía como si le hablasen en otro idioma. De alguna forma se hizo entender en un local donde se sentó a tomar un Dry, una tímida bandera de arco iris pendía afuera de un palo enterrado en la arena. De alguna forma se hizo entender también con un chico negro, de quizá unos 20 ó 22 años, Henri. Ciertamente su acento era mucho más puro, mucho más francés que el del resto. ¿Qué hace un mexicano en la Guyana Francesa? –Le preguntó entre coqueto y extrañado al cabo de un rato de conversación-. Nada, se limitó a contestar. Hacia dónde más, qué podía estar más aislado, qué podía ser más seguro, más inalcanzable, de todos los destinos ese día en el aeropuerto de Miami, Cayenne era el más conveniente, pensó en silencio. No quiso llevar a Henri al hotel, le pidió en cambio que fueran a su casa. Pasaron directamente a la alcoba, donde tras besarse apasionadamente, se encontraron pronto desnudos sobre un colchón delgado y un poco sucio, sobre el piso de madera. J’suis chanceux de retrouver quelqu’un comme toi – musitó Henri a su oído-. Je pourrais rester avec toi toute ma vie. Moi ,j’ai l’impression de t’aimer depuis si longtemps –continuó-. Él sintió en ese momento una punzada en el corazón, como si algo muy doloroso le despertara, algo que le sacaba del estupor en que había estado todo el tiempo. Tomó el rostro de Henri entre sus manos y le miró. Le miró con la más profunda de las lástimas. Tu pourrais m’aimer? –le preguntó- Oui, alcanzó a musitar Henri, antes de que le hiciera guardar silencio con un beso quedo y lento, con un beso ansioso de piedad. Lo colocó de lado, dándole la espalda, e hizo como si fuera a penetrarle. Henri gimió. Estiró entonces su mano, hacia la orilla, donde estaba su saco y buscó algo. Como quien busca un condón entre los bolsillos de la solapa. La hoja metálica a penas brillo en medio de la noche y Henri a penas emitió un quejido mientras se ahogaba en su propia sangre brotando a chorros de su cuello. Él ya no le veía, mucho menos le escuchaba. Lo único que había era esa canción otra vez resonando en su cabeza. “Supiste esclarecer mis pensamientos. Me diste la verdad que yo soñé…” Salió de prisa, caminó a prisa, llorando todo el tiempo hasta llegar al hotel, mojada la camisa de sudor. Descansó como un bebé.


"Hoy mi playa se viste de amargura. Porque tu barca tiene que partir. A cruzar otros mares de locura. Cuida que no naufrague en tu vivir." (Roberto Cantoral)


Despertó casi de buenas. Le agradó ver el sol radiante e incluso siguiendo un impulso terminó cómodamente instalado en la playa. Ahí conoció a Tiago, un joven brasileño comerciante de oro. Pasaba largas temporadas en Guyana, comprando en el mercado negro para luego regresar a Brasil y colocar el oro. Se vieron varias veces. Él nunca preguntó nada, lo que de Tiago sabía era porque se lo había contado espontáneamente. Tiago en cambio parecía sentirse sumamente intrigado con su nacionalidad. Nunca había conocido un mexicano y no es que fuese raro encontrarles en las calles de Río o Sao Paulo, le decía, pero uno en las calles de Cayenne, eso le añadía demasiado exotismo al asunto. ¿Qué hacía en México, de qué vivía? ¿Por qué estaba en Cayenne? ¿Tenía familia? ¿Era casado? ¿Era bisexual o gay? Tiago se cansó de preguntar cuando por fin comprendió que por respuestas no recibiría nada más que tiernos besos y suaves abrazos. Cuando se aproximaba la fecha de su regreso a Brasil decidió invitarle a pasar un fin de semana en una cabaña junto al mar, fuera de la ciudad. Pensó en que era tiempo de decirle que se había encariñado, que le amaba y que ojalá quisiera acompañarle a Brasil. La policía le encontró muerto en una cabaña cerca del mar en Kourou. Múltiples puñaladas en la espalda, Tiago, ciudadano brasileño. Algo similar sucedió con Benoît, un joven de Martinica que pasaba el verano en Guyana, dos meses después. Su cuerpo inerte fue encontrado flotando en una playa desierta no muy lejos de Iracoubo. Tenía unas tijeras clavadas en el vientre. En la playa bajo su toalla, la policía encontró en su celular un mensaje de texto enviado a una amiga en Martinica a penas una noche antes. “He conocido a un chico, creo que me he enamorado, se lo diré esta noche. Te doy detalles mañana”.


La Guyana comenzaba a asfixiarle, se mudó entonces a Saint-Laurent-du-Maroni en la frontera con Suriname. Ahí conoció a Charles. Desde el momento que le vio se sintió tan inquieto como inevitablemente atraído. La segunda noche que le vio tuvo pesadillas. Estaba en un café junto al río, hablando con Charles de cualquier tontería, de repente ya no era más Charles quien tenía en frente, sino Esteban. El rostro cuajado de lágrimas de Esteban le hizo despertar sobresaltado, bañado en sudor. Se mojó la cara en el baño y volvió a la cama. Otro día, mientras tomaba el sol y Charles se aproximaba desde el mar, creyó ver la silueta de Esteban, como si fuese él quien se le aproximara. Charles le encontró lívido en cuanto estuvo a su lado. Qu’est-ce qu’il y a? preguntó. Rien, j’ai eu peur, c’est dangereux la mer aujourd’hui, contestó. Charles le sonrió y le abrazó. Él estaba todavía más sorprendido con su respuesta. ¿Sentía algo por Charles? No, no podía ser, imposible, no puede ser –se repitió en silencio-. Cuando esto sucedía, cada vez más a menudo, un escalofrío le recorría, y el mal humor se apoderaba de él. Sentía súbitamente unas ganas terribles de salir corriendo y darse contra el primer espejo, o arrojarse contra el primer acantilado. Esteban no existía más. Era estúpido pensar en algo que no era. Era insano. Era inmaduro. No era digno de él. Qué hacía tan lejos entonces, para qué lo había dejado todo. Y entonces volteaba y le veía ahi, sonriéndole, a Esteban. Y se quedaba mudo. Su voz entonces, le devolvía al mundo. T'es ici? Charles au Mexique... Si, aquí estoy Charles, contestaba un poco turbado. Trataba de componerse y de rato estaba pidiendo tragos y sonriéndole. Sintiéndose feliz. Sintiéndose asustado.


Aquella noche habían bebido quizá un poco demás. Habían reído, se habían tomado de la mano e incluso bailado juntos en aquel tejaban muy cerca del río. Un tugurio, el único bar gay, de aquel pueblo. Regresaban a la mesa cuando esuchó el Je t'aime, nítido, susurrado. Volteó y no había nadie, Charles se había adelantado hacia la mesa. Le alcanzó sumido en una marea negra. ¿Había sido Charles? ¿Había sido la voz de Esteban? ¿Había sido su propia voz? Dos minutos después y como un volcán a nada de explotar se lo dijo todo. Moi j'suis ici parce que j'suis incapable d'aimer Charles. D'aimer les hommes, la vie, même de m'aimer. No puedo borrarte Esteban -continuó en español- No puedo arrancarte de donde quiera que te me hayas incrustado. Cada que escucho que alguien me ama me pongo mal. Muy mal creo, no sé, no sé hasta dónde he llegado. Hasta un rincón de la Amazonia, nada más hasta acá. ¿Sabes cuánto me ha costado amarte? ¿Sabes contra todo lo que hube de luchar? Amarte Esteban, fue tomar un pico para romper piedra e ir, como quien desgarra la pared de una mina, a mano, destruyendo todo lo que yo era y no era yo. Y si tu estabas ahi, ¿no? Conmigo Esteban. ¿Por qué soltaste entonces un día todas esas piedras que te iba pasando? Estabamos buscando oro rey, los dos, oro... -calló unos segundos- Je t'aime Charles... Soltó de su boca sin dejar de mirar a Charles fijamente, los ojos ya mojados. Charles le miró seriamente, como quien queriendo no herir con las palabras hiere más con el silencio. Moi, j'ai crû qu'on était des amis. Moi, je... ¿Hasta ahora? -se perdió la voz de Charles y escuchaba ahora la de Esteban- ¿Por qué hasta ahora? ¿Sabes? No te creo, lo siento. Tú organizas, tú decides, tú tu casa, tú tu coche, tú no tienes problemas con los roles, tú no tienes problemas con la infidelidad, tú no dices la mitad de las cosas, tú y tu gran intelecto, tus libros, tus mil ideas, tu sarcasmo, tu eterno reírte, burlarte, de la vida. Tú y tu todo, tu mundo. Amar no encaja. Vamos, amarme, no encaja. Lo siento Jonás, te amo, ¡vaya que si te amo! Y por eso mismo más vale irme para siempre, antes de que sea todavía más tarde... Peut-être c'est mieux si je quitte -continuaba Charles-. No escuchó más. Se puso de pie, dio la vuelta, rompió en un llanto enojado y echó a correr.


Su cuerpo apareció tres días después, en avanzado estado de descomposición, casi en la desembocadura del Maroni...


"Cuando la luz del sol se esté apagando. Y te sientas cansada de vagar..." (Roberto Cantoral)

1 comentarios:

el juntacadáveres dijo...

wow!!! tú cada vez mejor... me encanta tu escritura...

Ni de jotas, ni de alternativas tiene esto. Ni de ficciones, ni de realidades. Ni de razones, ni de sentimientos. Tan sólo una lucha de contrarios que como todo Más + Menos da nada como resultado.